EL
GUACHO
UN
NARCO CUENTA SU HISTORIA. BASADO EN PASAJES DE LA VIDA DE GIANNI ROUX
LA
DETENCION.
Siente fuertes golpes en la puerta. Se despierta
sobresaltado. Gotas de sudor perlan su frente. La pesadilla se hace realidad.
Escucha pasos apurados.
Debe huir ya!
Pero, por dónde escapar?.
Fuertes gritos
retumban en sus oídos.
- Abra
la puerta, es la policía!
Gianni alias El Guacho decide escapar por un ventanal. No
lo duda y presuroso abre la persiana.
Son varios metros para llegar a tierra. Se suelta de una
sábana y cae al jardín. Siente crujir el pasto algo húmedo. Se da vuelta, se
levanta y trata de correr. Pero un ¨cana¨ lo está apuntando.
- Levante
las manos o lo quemo! –dice la voz del policía.
Se siente perdido y debe entregarse.
De pronto, saca un arma blanca de su bota de cuero,
regalo de un compa de la misma ¨profesión¨.
Amigo que pudo escapar más lejos.
-No se mueva o disparo
–reitera la misma voz.
Ahora sí levanta sus manos. Lo esposan y lo llevan en un
vehículo hacia la seccional más próxima.
LOS
RECUERDOS
Cierra los ojos, que no resisten un sol tan fuerte en el
patio del penal.
Su madre lo llamó hoy. Le habló nerviosa, para saber cómo estaba. Su voz reflejaba su
arrepentimiento. Por no saber controlar la vida del hijo. Por no darle buenos
ejemplos. Y ahora ya es tarde.
Alguna vez fue una destacada abogada criminalista, hasta
que la procesaron por fraude y otros delitos. Está en su casa pero con arresto
domiciliario, en un barrio histórico de la capital.
Crió sola al Guacho, ya que hace años su marido está
preso.
El niño tuvo una niñez normal y tranquila. Nunca le faltó
nada, pero al llegar a la época liceal, abandonó enseguida los estudios ya que
quería trabajar. Y ella consintió su decisión,
sin tratar de detenerlo.
Su trabajo era en solitario, con mandados que consistían
en buscar y entregar ¨envíos¨ para gente conocida. Delitos de poca monta. Un
Corleone aprendiz.
Después de sus quince, decide formar la ¨banda¨, que no
fue la del rock ni del rap. Vendían droga en varios barrios, en base a
violencia y amenazas, tratando de acaparar el mercado.
A la banda le gustaba el dinero para gastar en una vida
de lujos, para darse todos los gustos. Sin escatimar en precios.
Pero el Guacho iba más allá, quería el monopolio del
tráfico menudo. Y quería lograrlo a cualquier precio.
Negociaban con armas y municiones, para poder ampliar la
zona de control.
Pero su ¨delivery¨ de drogas culminó cuando un operativo
antidrogas lo detuvo a él y a sus secuaces, luego de meses de investigarlos. Un
agente encubierto fue clave para su captura.
El chico siguió la huella del padre, detenido hace años.
Será cuestión de genes? Algunos
¨oficios¨ se heredan, dicen.
Aún lo atraen la marihuana y la pasta base, vendidas como
caramelos incluso en escuelas.
La cocaína siempre fue una fiel compañera. Ni un buen
mate la superaba. Lo peor de todo era que esta banda disfrutaba ostentando lo
que tenían. Y esto fue su perdición. Publicaban en redes fotos de sus compras, logros
para impresionar.
El Guacho disfrutaba llevar ropa de marca, buen reloj,
auto de alta gama, y no pensaba en matarse ¨laburando¨ para conseguirlo.
Para el negocio compró PCs , celulares, balanzas de
precisión , armas, etc. Sabía organizar y mandar, pese a su poca edad.
Y el lema era obtener una ¨merca¨ de primera para su distribución. ¨Of course¨
No pretendía ser Escobar
, claro, pero era el trabajo que siempre quiso hacer desde niño. Tuvo la
escuela de papá y la maestría de mamá.
Y pensó: - Si a papá le fue mal a mí me va a ir mejor.
Sin medir consecuencias probó de una medicina oscura y
venenosa, con apoyo de una madre tolerante y permisiva.
Esta señora perdió sus valores y no pudo contener las
desviaciones de su hijo. Aceptó su decisión de delinquir, sin intervenir
demasiado, pues quería hacer su vida sin problemas.
El chico recuerda las estadías en la casa de un amigo,
con baños reconfortantes en la piscina, mientras bebía una buena cerveza. Con
alguna chica de dudosa conducta, o con amigos reunidos planeando un golpe. O en
fiestas donde corría la droga y el descontrol. Con música fuerte y cigarritos
de marihuana, cuando comenzó. Después eran heroína y alguna yerba más.
Jugaba al ping pong, a los bolos, al futbolito y al pull.
El juego era su vida, su meta y su futuro.
Jugar a ser…o a aparentar.
Pero su vida fue una ruleta rusa rociada con ajedrez y a
cara o cruz y a su destino lo marcó la ambición del poder.
No supo ir a las 8 horas de un trabajo decente. No quiso
empezar de abajo, como el uruguayo medio.
Lo nubló la vida fácil y de logros inmediatos.
Lo seducían amigos que como él usaban armas desde niños.
Primero de plástico para asustar, luego al ver a su padre con una real, decidió
tener una igual.
Pero ahora siente miedo, pues está en la cárcel y allí
hay enemigos de sus padres, y teme que quieran vengarse de ellos en su persona.
Son gajes del oficio que debe aceptar, y debe estar preparado por si un salvaje
se le tira encima.
Creyó que sería fácil permanecer en el negocio sin ser
capturado.
Se saltó los códigos y se ganó varios enemigos. Ahora
debe asumir las consecuencias. Está en una fría cárcel, sin amigos y entre
gente sin escrúpulos. Piensa esto mientras guarda bolsas en un depósito.
Extraña a su madre, su perro de semblante arrugado, la
rambla y el auto veloz.
Recuerda al amigo que huyó del país, al que aún buscan. Que
le dejó un anillo costoso de regalo. Con sus iniciales.
Sabe que un informante lo entregó. Y que le pedirán a él que lo sea, para
capturar al llamado ¨Príncipe del Plata¨, que tiene uno de los cárteles más
importantes de la droga en el conosur.
Pero no piensa ¨quemar¨ a su amigo. Porque dentro de
pocos años saldrá y lo va a necesitar para irse del país.
Sólo el destino sabe su futuro. La suerte está echada
dijo alguien. Lo demás es cábala, adivinanza y suerte. No da para afirmar que
esté arrepentido. Esta estadía entre rejas puede que no sea la última para el
señorito que regenteaba varias bocas de droga en la capital.
Pero estar allí va a ser una gran lección para que calme
sus excesos y su ambición.
Sabe que caminó en zona caliente. Que su osadía le cobró el
peaje.
Pero salió de su zona de confort para enfrentar sus
miedos. Se hundió en las entrañas de la oscuridad. Probó lo prohibido, y las
imágenes de la captura aún nublan su mente.
De su hazaña no se arrepiente.
Guarda en su bolsillo un pequeño cogollo que alguien le
facilitó, a cambio de un billete bien guardado.
Encuentra la carta de su madre en su bolsillo y la rompe
en pedazos. Por primera vez llora como un niño, recordando los momentos con
ella.
Como en pedazos quedó su corazón al ser capturado.
Decide que va a hacer meditación allí, y ejercicios para
defenderse de posibles rivales. Lo que no puede curar es la herida interna del
abandono de un padre ausente y una madre poco ejemplar.
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